Partamos del hecho simplificador de que existen 2 grandes realidades, la realidad personal y la realidad colectiva, la realidad personal consta de las experiencias que vive cada individuo, por ejemplo, si Walter esta convencido de que vio una vieja volando, por más que un coro de Licenciados en la pelotudez humana, propulsores de la realidad colectiva, afirmen que en realidad la vieja que vio Walter era ni más ni menos que una sombrilla arrastrada por el viento, Walter seguirá creyendo que lo que vio fue una vieja y no una estúpida sombrilla o también podríamos expresarlo como que en la realidad personal de Walter es aceptable que existan (y de hecho lo hacen) viejas que vuelan. Por otro lado, la realidad colectiva se trata de todos los puntos en común que podrían llegar a tener las realidades personales de la mayoría de las personas, por ejemplo, para toda la población mundial la luna existe, por lo tanto este simpático satélite existe tanto en la realidad colectiva global como en la realidad personal de cada uno de los individuos (Desde luego que hay casos puntuales como el del Doctor Muñique Bebuco en cuya realidad personal la luna no es más que una pequeña pelota de golf que se quedo incrustada en el techo del universo)
Si bien el concepto antes citado es un tanto simplón y tosco, me resultaba necesario exponerlo para poder entrar a explicar, desde mi punto de vista o desde mi realidad personal, los hechos no corrientes que acaban de suceder. Cabe destacar que a mi realidad personal la mayoría del tiempo la vivo como una realidad lineal, sobria y hasta podría afirmar que en gran parte coincide con la realidad colectiva, sin embargo hay ocasiones en que me veo envuelto en una tenue neblina, la cual con el correr de los minutos se va tornando oscura y violenta hasta formar una especie de tornado de neblina negra, la cual me va arrojando a distintos puntos, tanto temporales como dimensionales, por ejemplo, en ocasiones me hace llegar de manera brusca a aquel acontecimiento de mi infancia que tanto me avergonzaba, el cual trato de modificar (de hecho, a veces lo logro), en otras oportunidades me encuentro en algún punto del futuro en el que logro vislumbrar los números que saldrán en la lotería y otras veces el tiempo sigue siendo el mismo pero quizás me encuentre en medio del mar cazando tiburones. Eventualmente este tornado se volverá neblina nuevamente hasta desaparecer, en ese momento me vuelvo a encontrar en mi realidad “sobria” la cual no parece haber sufrido alteración alguna, por muchos esfuerzos que haya hecho en cambiar mi pasado y por más que me canse de apostar los números vistos, jamás saldrán. A veces tengo la sensación de haber estado en esta realidad saltando de un punto a otro durante años enteros, pero es tal mi asombro al descubrir que para la realidad colectiva ni siquiera ha pasado un segundo.
Cierto día de verano del año pasado (recuerdo el calor insoportable) me dirigía rutinariamente a mi lugar de trabajo, iba en el colectivo 114, recordando la trágica muerte de Alejandro Dolina (Justamente el día anterior había leído una noticia en que contaban que algún excéntrico millonario había pagado fortunas por el Fiat 148 que aquella mañana, conducido por el desde entonces infame Roberto Cascote, había acabado con la vida del gran Alejandro Dolina) Cuando a la altura de Triunvirato la neblina comienza a aparecer, ya llegando a Álvarez Thomas el tornado de neblina negra me tenía a su merced. Recuerdo haber sido arrojado a un Asilo en el cual la comida que me servían tenía aspecto a diarrea y luego haber estado en una gran reunión familiar en la cual nada entendía (Calculo que se habría tratado del Casamiento de mis tíos donde yo solo era un bebe), hasta que finalmente me detuve en ese instante crucial, por algún motivo esté recuerdo lo veo con mayor nitidez que los demás. La cuestión es que logro visualizar al Señor Dolina a la distancia y sin siquiera pensarlo corro para alcanzarlo y envuelto en pudor le solicito me autografíe una edición de Las Coránicas del Ángel Gris que milagrosamente estaba en mi poder en ese instante, como quien convida un pucho a un amigo, Dolina firma el libro, me dice “buenos días caballero” y en el preciso instante en que me tiende su mano veo doblar el 148 de Roberto Cascote que, vista la velocidad con la que venía, desaparece a los pocos segundos. “Este tipo esta loco” acota Dolina, cuando se me ocurre decir algo el tornado desaparece y estoy de vuelta en el 114 rumbo al trabajo.
Al llegar al trabajo antes de ponerme con mis tareas diarias se me da por buscar información sobre Roberto Cascote, no logro encontrar nada, entonces paso a la próxima búsqueda obvia, “Alejando Dolina”, No podía entender cómo era posible que siguiera con vida, trate de contar esta historia a varios confidentes pero la respuesta siempre fue la misma “Estas loco, Dolina nunca se murió”, quizás tengan razón, para la realidad colectiva mi historia es un simple conjunto de incoherencias, sin embargo estoy completamente convencido que yo soy el tipo que le salvó la vida al señor Alejandro Dolina.